jueves 8 de mayo de 2008

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CONCIENCIA


– Todo ser humano sería más feliz con más propiedades (por ejemplo: si fuese propietario de una región o de un país) pero, eso, limita las felicidades de los demás.
– Todo ser humano sería más feliz condicionando las decisiones de los otros seres humanos a la suya pero, eso, impide la libertad.
– Todo ser humano sería más feliz si las políticas económicas le favorecieran prioritariamente a él pero, eso, crea desigualdades.
– Todo ser humano sería más feliz con la aplicación de todos los posibles métodos técnicos porque le evitaran esfuerzos (siempre a favor de su comodidad) pero, eso, desarmoniza a la naturaleza (y la destruye).
– Todo ser humano sería más feliz gobernando o liderando él siempre los sucesivos gobiernos o costumbres pero, eso, cierra puertas a lo nuevo (imprescincible) y a los jóvenes.
– Todo ser humano sería más feliz si la moda estética aprobase su belleza pero, eso, impone injustas ventajas que determinan inevitablemente unos prejuicios estéticos en el desarrollo de afectos en la sociedad.
– Todo ser humano sería más feliz si se le subiera el sueldo de forma desproporcionada con respecto a otros pero, eso, causa más necesidades prioritarias o injusticia social.
– Todo ser humano sería más feliz callando las verdades que no le agradan pero, eso, degrada a la verdad misma (de lo que es real).
– Todo ser humano sería más feliz consiguiendo seguridad para él o para su país por la muerte o por la destrucción de sus enemigos pero, sus enemigos, siempre tendrán amigos o gente que simplemente defiende a su gente (como una madre que defiende a su hijo por muy asesino que sea) dispuesta a seguir defendiendo a su gente.
– Todo ser humano sería más feliz si los demás fueran también... felices pero, para ello, para ello y para ello, hay que PENSAR que la felicidad sólo es lo que renuncias (en responsabilidad-ayuda) por ella o por la felicidad de los demás; por encima incluso de una ideología, por encima incluso de una religión, por encima incluso de una egolatría o ambición propia, por encima incluso de una patria.


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LA PARADOJA DE RUSSELL
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Todo obedece –en continuidad- a un orden; es decir transcurre “lo que hay” por interacciones derivando “lo nuevo”.
Así, la realidad puede perfectamente concebirse como una construcción desde el orden que le precede, que le conforma, que le “ordena” –en el sentido de derivación, de delimitación- y no precisamente por un mandato determinista.

Algo “es” porque “sigue” vinculado a unas “pre-consecuencias” ante unas consecuencias que aún no las son; pero “continúa desde” el procedimiento natural que le es propio, al cual pertenece (en matemáticas se entiende que “está incluido” en una clase, categoría o conjunto de equivalencias).
Por supuesto, el ser humano es “a priori” un procedimiento energético unido a un procedimiento biológico y, además, unido a un procedimiento social; significando esto que “sigue” tres órdenes prioritarias que, a su vez, interaccionan o que nunca de modo alguno pueden excluirse para seguir conformando al ser humano.

Por eso lo más elemental de las matemáticas –lo que está en consonancia con lo empírico- denota la realidad o es la realidad; de hecho, distinguiendo una serie de analogías, es decir, “separándolas” racionalmente tras advertirles unas no-relaciones o diferencias.
Veamos, x –“ser energético”-, w –“ser biológico”- y z –“ser social”- son condiciones -o elementos- contenidas en el conjunto E, cuya condición se establece en “ser existencial”; esto equivale a decir que x, w y z pertenecen o están incluidos en E. También todos los elementos semejantes a x formarían el conjunto A, todos los semejantes a w el conjunto B y todos los semejantes a z el conjunto C; unos subconjuntos de E.

Un ejemplo: Llamemos V al conjunto de la vergüenza humana correspondiendo a que cualquier complejo turístico en el litoral ha de contar con un sistema de seguridad o de detección de seísmos. Pero imaginemos, a la par, que a unos cuantos les gusta el negocio al margen de la seguridad con el consentimiento de todos los responsables políticos, pues esos ya comportarían otro conjunto cuyos elementos no pertenecerían a V, ni serían semejantes a los V correspondiendo ya a otro criterio, el de “lo que ha de venir vendrá” con pasotismo y sin mucha preocupación sobre lo que se hace. Así que, cuando millones de personas ya se hayan instalado en el litoral buscando una mejor vida, de inmediato serán expuestos a un peligro que nadie les advertirá, ni los gobernantes ni esos empresarios muy guapos y muy importantes.

Pues bien, “ser responsable” es una condición que se encuentra dentro del conjunto cuya condición más general es “ser social”, le pertenece.
Llevado al terreno lingüístico, en una oración predicativa el sujeto “es” o posee propiedad de algo: “Juan es huérfano, es rubio, es…”; lo que depara una clase de elementos que son propiedad “identificativa” de Juan. En realidad, son elementos que lo caracterizan o que lo identifican a él como conjunto o... como resultado.
En la lógica de proposición, asimismo, existe un paralelismo: Dados los elementos de un conjunto M y H, cualquier elemento podría pertenecer sólo a M, sólo a H o bien a M y a H al mismo tiempo, aunque incluso podría no pertenecer ni a M ni a H.

Entonces, si una proposición o condición pertenece a dos conjuntos cualesquiera, esos dos conjuntos comparten algo en común, una relación de identidad, una concreta semejanza. Por ejemplo, siendo M el conjunto de todos los animales que viven dentro del agua y H el conjunto de todos los animales que viven fuera del agua, un anfibio pertenece a ambos conjuntos, o sea, es elemento común entre los elementos propios de M y H.

En cambio, supongamos dos conjuntos: N cuya propiedad sea “no ser” y S, cuya propiedad sea “ser o no ser”. Aquí, N siempre pertenecería a S, luego es un elemento de S. Pero si n “es” un elemento de N así, al momento, se determina que si decimos que n pertenece a N, entonces n “no es” un elemento de N, y no le pertenece (esta es la paradoja de Russell).
Establezcamos que N sea “el conjunto de todos los conjuntos que no son miembros o elementos de sí mismos”; pues así, si aplicamos que N pertenece a N, el cual por criterio no pertenece a sí mismo, entonces N no pertenece a N. Es decir, N pertenecerá a N si y sólo si N no pertenece a N.
Bien, el error se desencadena por descuidarse el principio de que todo conjunto deberá atender a que siempre sostenga una propiedad existencial de sus elementos, en cuanto a que “algo” tiene” que “ser” forzosamente para considerarse un elemento. Por consiguiente, tanto el conjunto de “lo que no es” como el de “lo que no existe” o el de “lo que no se pertenece a sí mismo” no poseen elementos y, al no poseer elementos, no pueden considerarse como conjuntos.

Primero, para que un elemento pueda pertenecer "a cualquier conjunto" ha de partir con un criterio claro de que “ya” pertenece “por seguro a un conjunto", en concreción. No se puede decir “el conjunto de todos los elementos que pertenecen a otros conjuntos” porque conllevaría abarcar todos los elementos o el conjunto de todos los infinitos elementos; eso, claro, nunca posibilitaría concretar de qué elementos estamos hablando, de si existen o no.

De antemano, irracional es proponer al “conjunto de todas las personas que no pertenecen a su conjunto, sino a otros”; ya que primero se ha de considerar que, si existe algo como elemento de un conjunto, es porque forzosamente "ya" se ha determinado o demostrado que “es”, siendo ya "partícipe" de un conjunto, el "inmediatamente suyo”. He ahí que es necesario el criterio “auto-identificativo” para proponer un conjunto, el que empieza –explícita o implícitamente- por “es”, no por lo que “no es”. En “el conjunto de todos los seres vivos que no sean animales” ya sabemos que la condición identificativa es “ser vivo”; pero no ocurre igual en “el conjunto de todo lo que no sea un ser vivo”, pues de ese “todo” no podemos alcanzar una identificación mínima para concretar o verificar la existencia de tal conjunto, ni aún menos la de sus elementos.

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¿ES EL CERO UN NÚMERO?

Las matemáticas están fundamentadas en un orden numérico; algo aplicable, desde luego, a la realidad sustentada en un orden de prioridad de unos principios que se armonizan con un orden funcional. La numeración natural empieza en la unidad -se constata una primera cosa- y continúa uniéndose a otra unidad y después a otra hasta llegar, sí, a las mismas posibilidades de esa acción, mientras se pueda contar -también se puede descontar, proyectar la numeración hacia atrás-.
Sin embargo, el hecho o la acción del contar sólo es viable -sólo existe- ya una vez que se establece iniciáticamente por seguro la unidad -la base sobre la cual se desencadena un orden armónico-, es decir, el "primer número de cosa"; he ahí que, con cierto ritmo o ilación, el desarrollo ascendente o descendente del contar se acciona, se activa, comienza -comienza con algo ya contado-. Pero he de advertir que la numeración de referencia ha de ser siempre la ascendente; por lo que el primer número (número radical) forja o implica el desencadenante verdadero de una numeración ostensible.

La unidad base, cuya misión es dirigirse hacia "un algo más", digamos, hacia una inercia ilativa, de seguida se dobla, se triplica…; luego la numeración supone -debela- una confluencia de un mayor significado o de una complejidad contada a medida que se separa de su base. Esto es, llega a ser más complejo su último número desencadenado, generado más bien desde un primer elemento.

Siendo eso así, esta numeración base -para cualquier expresión polinómica- es posible permutarla por otra que sirva en efecto para expresar otros aspectos de la realidad; y para ello sólo necesita una "táctica", al instante, que se someta a una regla que regularice todos sus elementos a partir de uno complejo dado o… resultado, previsto como resultado. Entonces ese sistema podría ser de numeración octal o, bien, que todos sus elementos "atendieran" a un tipo de operación o etiqueta matemática; por lo que, en adelante, se lograría un conjunto de elementos -de números- a los que se les impondría una "condición" o "dependencia con respecto a un resultado", a una operatividad aplicada o activa en tal… conjunto. Por ejemplo, que para ser uno de sus elementos ha de estar fraccionado o presentar un cociente expreso: 1/5, 5/3, 7/2, etc. Y significa esto que la complejidad la determina o la "hace" un ser humano mayor, puesto que cualquier número puede, mediante la operación que conlleva, que arrastra, expresar un resultado periódico o casi infinito -¿no?, cualquier numerador puede estar sometido de inmediato a un denominador como 8 -.

No obstante, en cuanto a lo esencial, la numeración base con su ya primer número base es indeleble, o sea, nadie, nadie que hable de matemáticas podría prescindir de tal trasunto; pues el primer número que "dice" de verdad es aquél que no se ha resuelto intrincadamente, sino que se decanta o se produce con una referencia más o menos directa a la unidad, y éste es el 1, el que dice "ya"… una cosa.
Además, el 1 posee una capacidad inherente para que los demás se autoidentifiquen cuando operan con él. De hecho, todo número multiplicado o dividido por 1 conduce a él mismo, todo número elevado a la potencia de 1 también. Llevado a la probabilidad, bien, toda probabilidad de un suceso seguro es siempre 1; por eso la probabilidad de la ley de Gravedad para un ser humano situado en la Tierra es 1.
Pero el problema auténtico del 1 en las matemáticas es, al menos, un desentendimiento con el 0; puesto que mientras algo no es 0 -al no poderlo ser- ya es, ya pertenece al 1 o es un mínimo de 1.
En principio, el 0 anula a cualquier número en cualquier operación: al multiplicarse, al dividirse, etc. Al sumarse o restarse 0 ni siquiera se advierte operación o operatividad. En matemáticas cualquier número elevado a 0 resulta 1 -he ahí la unidad-. La proporción 0 no existe, anula asimismo la operación. Empero sí, sí existe el resultado 0, el vano trabajo operativo para llegar a nada, o sea, para ajustar algo a como se empezó: con "nada". Entonces ¿se referencia el 0 sólo como resultado -y no como base numérica- de una u otra elucubración humana?, ¿existe el 0?, ¿la cosa 0?

Bien, una cosa ya es, se registra -le es propio- realmente cuando no es "nada", no es igual a "nada"; por lo tanto toda alusión numérica responde a la mínima referencia de 1. Sí, cualquier número es un número inferido de 1, no de 0; mejor decir que la "cosa A" siempre será 1, no 0.
El 0 puede ser borrado, evidentemente ser prescindido -las decenas, las centenas, etc., pueden considerarse con otro distintivo, al igual que los resultados que equivalen a 0-. ¡Ah!, en la numeración romana no existe el 0 y sí el 1 simbolizado por I. Luego es "eliminable".

Algo último, en matemáticas todo número elevado a 0 (A°) da como resultado 1, lo que quiere decir que en la potenciación cuya base no sea 0 expresado no existe el resultado 0, aun sea la base 0 elevada a 0; paradójicamente la potenciación del 0 con un índice 0 es 1, paradójicamente la potenciación de 1 con un índice 0 es 1, paradójicamente la potenciación de -1 con un índice 0 es también 1.
Luego un valor numérico negativo elevado a "nada", es "algo", es 1 -una paradoja-.Sin embargo, si el 0 no posee ya un valor numérico, por lo tanto debía al instante anular -dejar intacto el valor con el cual opera- en cualquier operación o conducirla a 0 ( 2+0=2, 2o 0=0, 2:0=0, 2/0 es imposible al presentarse como una no fracción); lo que no ocurre en -1 elevado a 0 (-1º), en donde no se admite más que un resultado impuesto: 1.
Si todo número cuando opera con 0 en realidad no opera con "nada", en consecuencia, no se debería producir un resultado en la operación. Si Aº = 1, y sólo Aº/Aº=1, luego a Aº se le considera una fracción "no expresada" o que no expresa un cociente a priori; por lo que Aº actuaría como fracción omitida, no en realidad como número entero. Pero ¿dónde está el A del Aº como un elemento de los números enteros, el cual debería corresponder a 0?, ¿no?
¿Acaso es Aº un elemento universal de todas las numeraciones -al instalarse como una… expresión omitida-? Si es así, si así es, ¿cómo se puede perfectamente prescindir de su índice 0 como un valor no operativo?, ¿puede el valor 8 -valor infinito- elevarse a 0 y resultar 1?
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Apostilla:
Señalar que, en cualidad, nadie tiene cero esperanza, ni cero amor, ni cero nostalgia, etc.; por lo tanto, es una indicación que nunca indicará racionalmente nada, una contradicción, una locura.


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miércoles 30 de abril de 2008

8MAYO2008
Desde que nací nunca creí que pudiera existir una persona sin dignidad -que la tenga totalmente exterminada-, pues eso es totalmente imposible, que no puede suceder de ninguna manera. Es preferible pasar por campos de concentración, ser humillado uno cada segundo de la vida pero nunca, absolutamente nunca que tenga su dignidad exterminada, algo que ni el propio Hitler factiblemente hubiera conseguido.
Pero, en fin, tengo que reconocer que en mí no ha existido dignidad, algo absolutamente así y como lo he comprobado segundo a segundo durante toda mi vida puedo asegurarlo firmándolo, jurándolo, diciéndolo con todo el corazón, con toda mi capacidad racional, con todos mis principios, con absolutamente todo: soy un ser sin dignidad, así, una autorización del exterminio, una licencia que se da el exterminio, que se dan los que exterminan.
Es absolutamente mentira que tengan algún principio ético, pero poder para presionar y manipular y conducir sus corrupciones sí, todo.

lunes 28 de abril de 2008

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viernes 7 de marzo de 2008

ETA existe aún porque...


- Sus reivindicaciones tienen protagonismo en casi todos los medios de comunicación del mundo.

- Sus reivindicaciones son "nacionalistas" (de hacer y de defender una supuesta patria), lo cual les da a sus miembros una motivación muy fuerte creyendo siempre que están liberando a un pueblo, sea como sea, aunque utilicen las armas.

- Todo grupo terrorista necesariamente debe tener unas infraestructuras psicológicas de protección, si no de inmediato deja de existir. En ETA es la simpatía política que aún se le consiente en el País Vasco y algo más importante: el que haya partidos políticos que no les condenan sus atentados. ¿Cómo puede eso caber en una democracia?; puesto que, en una democracia, no puede permitirse concesiones antidemocráticas, y nunca. A ver, ¿cómo pueden condiciones democráticas aceptar o determinarse en condiciones antidemocráticas?; en cuanto que un partido democrático no puede regirse jamás en elementos antidemocráticos como el "no condenar el terrorismo". Así, si de verdad no es un partido democrático, ciertamente, nunca debe ser legal. Y un país -que sólo se sustenta en la democracia- éticamente debe ilegalizarlo ¡al momento!, aunque tuviera que cambiar leyes, a sabiendas ya de que no acepta en rigor las.... condiciones democráticas.

- ETA sabe que nunca vencerá y sabe que es una derrotada de antemano; pero sabe que conseguirá concesiones -porque ya se le ha dado de muchas maneras: protagonismo, dinero con extorsiones, etc.-.
ETA, entendiendo que no vencerá a la democracia, en cambio, sí entiende bien siempre astutamente cómo debilitarla, crearle división y discordia (miedo) y, sobre todo, crearle confusión para destruir su modelo de autoridad moral.
ETA ve cómo partidos utilizan miserablemente sus atentados para "matarse" entre ellos, y le interesa mucho -demasiado- que eso así siga (por un "terrorismo" del enfrentamiento y de la mentira).
La democracia, sí, es "su asco" y saben cómo poco a poco, sin prisas, hacerla menos fuerte para, luego, pisotearla cuando hayan conseguido una debilidad suficiente.
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domingo 2 de marzo de 2008

VISIÓN REALISTA Y HUMANISTA DE SCHILLER
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El humanismo es una actitud cultural desde los orígenes de nuestras civilizaciones, aunque su primer significado historiográfico lo diera Cicerón, "humanitas", para distinguirlo de "divinitas". Esta "visión cultural" siempre ha prodigado la sobrevaloración del ser humano por encima de sus sometimientos y vicisitudes (1), enardeciéndose por contar su pasado, por querer descubrir y revelar sus orígenes naturales para, una vez vinculado a ellos, proyectar un ideal de civilidad.

Por lo tanto, el humanismo se encuentra más ligado a una responsabilidad del ser humano con respecto a su pasado, esto es, obligado a retomar su forma natural y a situarse como un ser consciente y crítico en lo que ha desarrollado para revelar logros y errores.
No, no se contrapone a la religión y al Estado directamente, sino que los delata, se enfrenta a depurarlos y no, en extremo, a anularlos.

Digamos, más bien, que dirigía al ser humano a la erudición y no a un "obedecer mecánico" de los símbolos divinos; digamos que le gustaba resaltar sus acciones en la historia y siempre con respecto a una estética o a un comportamiento (2) que respetaba también su hecho natural.

Eso era el humanismo que se reflejó determinantemente cuando las civilizaciones ostentaron un gran esplendor cultural: en Asia el Budismo, en el Mediterráneo la historiografía greco-latina y lo que conllevaba para incentivar y conmover las artes, y en el entorno del Oriente Medio el nomadismo "panteísta" islámico.

Con esta aclaración primera, nuestras recientes culturas han paladeado el humanismo renacentista, luego el individualismo "real del yo" o romántico, luego el trasgresor decadentismo -más experimentalista que el anterior- y por último el inconformismo existencialista que, materializado en el surrealismo, supuso todo un multimovimiento de reivindicaciones socio-culturales. Pero éstos no obviaron, sin duda, el denominador común de un esteticismo civil y no religioso que encumbraba al ser humano como remodelador o educador de la sociedad que, en búsqueda de sus libertades, se sintió protagonista frente a cualquier poder; puesto que, aun considerando las posturas pancistas o estoicas o epicureístas de todas las épocas, que igualmente -sin poderlo eludir- se enfrentaban a quienes las oprimían, la cultura siempre ha polarizado un contrapoder crítico e inculcador de una o tal idea esteticista de cultura y de sociedad, sea la que fuere.

Ahora bien, en concreto a finales del siglo XVIII, un tipo de humanismo se engendró en Alemania como el movimiento llamado "Sturm und Drang". Éste fue, en claro, un enfrentamiento cultural, en un país en donde no se admitían oposiciones políticas activas, a las tiranías de lo impuesto; y utilizó el atrevimiento, la confianza en un ímpetu renovador, la pasión por luchar por nuevos ideales con una fe en que el ser humano debía encontrarse -naturalizarse- con sus verdaderos impulsos interiores o vitales. Significó la exaltación del instinto, del pietismo ("religión del corazón") y del pensamiento de Rousseau.
Entonces, consolidó de una vez por todas el "yo-práctico", pues, si la ilustración promulgó las necesarias transformaciones sociales, este movimiento le buscó un escenario para hacerlas realidad y, por supuesto, un beneficio nacional como aliciente: instaurarlo en Alemania con una didáctica decidida o impulsivamente decidida.

Ensayos de Goethe y de Herder contraponen la artificiosa "poesía artística" al genio del pueblo o a la poesía popular rechazando el "todo vale" desnaturalizador, lo que ratificó la dirección del arte hacia lo que más tarde maduró como el romanticismo: el arte desprendido de casi todos los prejuicios externos ante el "yo-interior", el arte sólo a expensas de un ideal propio y que lo comparte con la sociedad, el arte siempre como impulso creativo.

En 1784, Herder, uno de los geniales teóricos junto a Goethe y a Schiller del "Sturm and Drang", publica "Ideas sobre la filosofía de la historia de la humanidad" donde defiende un humanismo realista, la poesía popular y la representación realista de Shakespeare (quizás el escritor más realista de la historia al asumir la realidad en toda su polivalencia: ningún problema que exponía en sus obras era ajeno a la realidad).

Schiller hermanaba profundamente con todo eso pero, además, ofreció su visión reflexiva de la historia en su poema dramático "Don Carlos", en "Historia de la Guerra de los Treinta Años" y en "Historia de la insurrección de los Países Bajos" de una forma crítica, redefinitoria de ideales. Sus obras "De la gracia y dignidad", "Cartas sobre las educación estética del hombre" y "De lo sublime" eran tratados ético-estéticos que salvaguardaban la obligatoriedad de una guía humanística para la sociedad con un ideal fundado en una orientación estética impregnada de autocríticas, o sea, de realidad, de asunción de fracasos o de errores.

Nada puede progresar si no reconoce, si no se responsabiliza de unos errores, nada. Así, el ser humano puede enorgullecerse de lo que quiera, de lo que le dé la gana; pero eso no sirve sin una responsabilidad. Los cultos a la bondad, a la justicia y a la libertad son improductivos sin una autocrítica, sin una base real o comprometida.

Schiller elige, por ello, un héroe concebido en la realidad, aunque viera indispensable luego una idealización, lo cual espera que la sociedad le responda, se conmueva.
El principal enemigo para él - también para Goethe y para los demás- era la hipocresía, porque es ella la destructora de valores y de autenticidades para progresar. Un escritor hipócrita no tiene alguna virtud, y ahora los hay a miles confundiendo, imitando o malogrando creaciones. A la hipocresía no le interesa la realidad ni el progreso de la realidad, sino imponer climas ambiguos para salvar sus propios intereses (hipocresía siempre significa confusión, permite el "todo vale"; por ende, no reconociendo la injusticia, no se evoluciona tanto con ella).

Schiller influyó en todo el mundo; a su juvenil himno "A la alegría" Beethoven le puso música, y Verdi se la puso a sus geniales dramas como "Juana de Arco" o "Don Carlos". La burguesía en ascenso lo tomó como referencia para sus revoluciones y, en Alemania, fue considerado uno de los escritores clásicos o imprescindibles para una cultura.


(1) Ya Séneca propugnaba la fraternidad y el respeto a los esclavos mucho antes del cristianismo.

(2) Hesíodo se sitúa en "Los trabajos y los días" en una dimensión moral que busca una dignidad humana en los hechos de la vida, por consiguiente, una justicia didascálica, enseñada y realizada por el ser humano. El ser humano crea arte cuando empezó a hacer y a respetar su historia.

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jueves 13 de diciembre de 2007

EL REALISMO DE ARISTÓTELES

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Si el “decir” es la expresión del ser y el ser en cuanto es se manifiesta, se realiza, se comporta, se expresa, pues el ser es “su decir” con más o menos voluntad, pero es “su decir” paulatinamente, en continuo conocimiento (equivalencia entre "se es" y -cuando- "se hace"); ya sea en y con su acción en un contexto o a través de una generalizada “substancia” como propugnó Aristóteles.
El problema a partir de él surge cuando se empieza a distinguir ser y naturaleza con unas atribuciones al “ser” muy especiales, privilegiadas o no con respecto a la naturaleza; es decir, como las dos caras de una moneda se exhiben dos partes de las cuales por fuerza se conciben dos dimensiones inventadas, un contraste a la esencia de lo existencial, una ruptura de la complementariedad: un enfrentamiento.

Aún así, la naturaleza corresponde –sin poderlo soslayar- a un conjunto de seres –de elementos suyos- que deviene sólo a determinarlos, en cuanto que esa es su misión o su condición o su… propiedad. Naturalmente, la naturaleza adecua o sobrelleva sus elementos en un devenir, y no para que uno se independice largándose a “otro mundo” por comportar o significar “otra realidad”. En concreto, todos los seres sustentan la “complementariedad de la naturaleza”, así, un ser nunca es ser si no “asume” ser “complementariedad” con respecto a otros y, desde ahí, bien se puede considerar como una “substancia” interactiva dentro de la naturaleza, dentro de un contexto interactivo.

A partir de Aristóteles, quizás por una obsesión teológica o por un discernimiento a la ventura, diría un alumbramiento desde una excesiva concepción del conocimiento en su aspecto teológico, se distingue, se aparta la realidad del ser. Santo Tomás se apunta las dos dimensiones de noción (notio) y ejercicio (in actu exercito) asentando lo posible que puede hacer Dios ante su omnipotencia de que ya lo puede hacer todo, incluso lo imposible. Duns Escoto va más lejos y reduce cualquier análisis analógico con su distinción formal “ex natura rei” dirigiéndose a constituir una realidad formal “alejada” a la cosa y que sitúa o extralimita fuera de la mente frente a otra realidad objetiva que el ser conoce o el ser cognoscente. Por ello, según esto, está el ser objetivo que, por conocer, va hacia un objetivo de realidad y, además, el ser formal que se presenta en una realidad muy formal. Bueno, aun cuando la realidad es la realidad se sugestiona o se imagina que son dos, he ahí un gran error -¿por qué no tres?-: la formal y la objetiva -que dividiría la existencia en objetiva y formal-.

También, al lado, se forja el ser cognoscente y el formal –el que no es cognoscente, es decir el que se encuentra “más allá” de él pero del cual no puede prescindir porque sea ser objetivo-. Algo así como que, aunque se fundamente en él, aunque “sea” él, su distinción –resultante- se contrapone al mismo tiempo a él, como una transformación extraña o ...diabólica.

No obstante, según la moderna epistemología se racionaliza este aspecto y es ya lo contrario: la existencia de un “sujeto” cognoscente que conoce sin remedio a un “objeto” –dentro de la única realidad que existe-. Y según la moderna gnoseología: la existencia de una “materia” y de una “forma” de ella, exclusivamente de ella, ¡ah!, pero sólo es cognoscible la materia “con” su forma, no aisladamente, y no con dos formas ni con siquiera veinte; más claro, no es posible –o veraz- conocer dos formas al mismo tiempo de algo material, pues únicamente es realidad con una (por ejemplo, el agua en forma sólida o en forma líquida o en forma gaseosa) en una forma además temporal o cíclica: la que da el "presente activo" o una presencia manifestante de lo que actúa.

Ahora bien, para Aristóteles el “decir” del ser que gira en torno a una disciplina – a la lógica de encontrarse a sí mismo y a lo que le ha permitido “construirse”- sigue al mismo ser ontológico, por lo que expone a sus conocimientos como una correlación, como una sucesión de sí mismo. Empero, el ser no es un ente independiente, sino que se infiere por sus conocimientos; es un ser cognoscente en tanto que los objetos de conocimiento lo han hecho o, mejor, es un ser “de ellos”, es un ser de “objetos” que le han sumado, que le han resuelto, que lo han hecho resultado, sometido siempre a los "objetos" que le objetan su "presente activo" (1).
El ser está construido por información que “ya dice” -que "ya dice" porque "ya es"-, y no dice después de ser, nunca, más bien por decir es, por ser ya contenido de algo es.

En Aristóteles la lógica es la contrastación del propio decir del ser, y se opone a cualquier decir excesivo o automático de vacuidad, a cualquier dialéctica o sofística o retórica; porque sólo cuando asume su condición ontológica y sus posibilidades coherentes con respecto a la realidad el ser “dice” –está sustentado su decir- “realmente” –entonces el decir afronta el ser-, en consonancia con sus dos principios: “potencia” y “acto”, lo que hay y lo que hace lo que hay (materia y forma). Es ser una formación vinculada a su base –sustentada-, esto es, a su materia prima, pues es un “acto” sobre ella.
Por evidencia en muchos otros, como en Hegel (2), la lógica se interpola en el todo o en la metafísica. En Aristóteles no, por cuanto se fundamenta en lo que hay, en lo conocido, rehusando la metafísica que hasta él casi sólo había priorizado la filosofía.

Su realismo, además, depura algunos errores de Platón; sobre todo esa concepción del Bien, del bien generalizado o… idealizado. Puesto que especifica que el saber moral supone un “saberse”, una advertencia que se dirige a un fin general –no siendo una técnica, una aplicación de la decisión intelectual de uno-; y el saber prudencial es una experiencia propia que requiere esfuerzo (orexis) para conseguir una firmeza (hexis) o resultado más instantáneo, por ello se actúa estratégicamente con un valor, con una preparación, con una “teckhne” para un fin en concreto. Es decir, el saber se dice desde una moral o no, el bien no es siempre el mismo desde un contexto moral o desde un contexto taxativamente epistemológico.
En otras palabras, por ejemplo, dado un contexto histórico el bien es y será lo que armoniza con él, cierto conformismo y no disidencia, o lo que se esfuerza con reverencia ante él; por lo que la moral siempre tendería a un fijismo, a una involución, a una desaprobación del ingenio crítico o a lo nuevo: la moral sería así sólo un esfuerzo de esclavitud o de determinismo, no de libertad o de adaptación al ser cognoscente-evolutivo.
He ahí que no se deben analizar las cosas desde un contexto moral sólo porque queden siempre prefijadas con la misma moral, sino además desde un contexto histórico y de nuevas necesidades que empujaría al mismo contexto moral prefijado y prefijador a moverse, a evolucionar por obligado, a adaptarse como todo consecuente con unas nuevas interacciones.

Sin duda, Aristóteles, no se involucra en un análisis unívoco o reduccionista, sino en una consideración del ser como acto de conocimientos –de conocer y de ser a sí mismo conocido- que lo construyen de forma cognoscente a través de su naturaleza cognoscente; así pues, no obstruye la interacción –la comunicación- natural con o por medio de su noción de “substancia”, sino que hace una correspondencia entre lo que implica una “estructura ontológica” con su actividad integradora –racional o lógica- e integrada en su entorno, en “complementariedad” que sólo puede hacer de la forma lógica o de ésa única que atiende primero al conocimiento que directamente deriva de él –del entorno-.

La analogía sale o se desprende a partir de él –pues únicamente la lógica significa identificar, analogar-. Si no se identifica nada, nada puede ser conocido, aprobado, comportado, identificado como conocido. Algo, de entrada, al conocer es identificado, analogado, ordenado –porque ordenado se encuentra en la realidad, siguiendo unos principios de realidad, de conformación natural-; y no metafísicamente inventando dos realidades o ni mucho menos reduciendo todo a un centro exclusivista o don mitológico que transfiere la realidad (3). En pro de que la realidad se encuentra en todo lo que es real, y todo lo real interacciona para que sincrónicamente y “recíprocamente” se comporte como real, en “complementariedad”.

Por ello, es análogo algo porque actúa con analogía, siguiendo una forma de actuar en concreto, a diferencia de otra forma que actúa también con otra analogía –y no le pone nombre de antemano el ser humano, sólo la advierte, reconoce unos patrones análogos al igual que cualquier animal-.

Los seres vivos categorizan una forma real, pero esto no indica que se prohíba a otra forma real categorizarse –contextuarse- con otra analogía, la suya. El reconocimiento, el saber, no puede por menos que distinguir, que advertir o reconocer que una acción primera es una acción y otra segunda acción es o no es análoga a la primera; es decir, el intelecto por medio de conocimientos no se sustenta sino en reconocer – en una consecución de lógica o razón- a seres de una u otra naturaleza pero considerando que, ambas, una y otra, siempre serán reales.


(1) La idea en Moore, el fundador de la filosofía analítica, es o sólo procede de lo que se conoce, es idea sobre lo que se conoce; es una idea que forma conceptos con la materia prima conocida, experimentada, inherente al contexto racional. Por ello criticó al “idealismo”, porque la idea puede desembocar en donde quiera, pero parte o procede de ser idea de lo conocido.

(2) Para Hegel lo primero o lo verdadero es el todo, y las ideas trascienden a partir de él; el ser, en cambio, pasa desapercibido y sus condiciones de conocimiento.

(3) Para la fenomenología lo verdadero es lo “nouménico”, eso tan abstracto que sólo concede realidad, el “eidós” en donde la realidad se encuentra concentrada o de una forma exclusivista de un centro.

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"La mentira produce flores, pero no frutos".
Proverbio chino

jueves 6 de diciembre de 2007

Selección

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APOLOGÍA DE SÓCRATES
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¿Qué hubiera sido de nuestra humanidad, de su sentido humanista, sin Sócrates? Posiblemente un sórdido retraso en muchos aspectos de consideración del ser humano en su dignidad individual.

Antes de Sócrates no se dio una exposición más intensa y sincera del interior humano, ya como primer paso contra el cerco mitológico que lo oprimía para creer en sí mismo por la búsqueda de la felicidad, además de instaurar las reglas en las cuales se sustenta nuestra civilización: los valores de benevolencia consecuentes con los de integridad ("¿Y es justo o injusto devolver mal por mal, como dice la mayoría?" - dice Sócrates -. "Es injusto" - contesta Critón -).

Si Homero había soliviantado al ser humano como héroe contra los avatares de la vida, enfatizándolo en las posibles victorias y derrotas, en fin, como guerrero, Sócrates ofrece un ser humano sin par, de carne y hueso y, por eso, entra en su realidad para conocerle, para respetarle, para admirarle en función de lo que es capaz de resistir y de sacrificar de vanas pasiones y de cerramientos a su ansia por conocer sus designios.
Él es quien, primero, mira al ser humano cara a cara, limpiamente, sin hipocresía.

Su pensamiento, el de alimentarse o el de instruirse en el día a día poniendo en evidencia el vacío del "porque sí", invalidando todo silencio - pasividad por conocer - a través de la discusión-mayéutica, influyó a todos los filósofos griegos más relevantes; por ello, es inconcebible la filosofía griega sin Sócrates, aun cuando haya sido reproducida desde su forma oral o desde su forma verbal con todas sus connotaciones históricas en general.

Pero su importancia radica en el inconformismo que sostuvo, en el rechazo a la respuesta fácil para, así, lograr que se disipen los prejuicios: se ha de argumentar regladamente, desde una coherencia interna, por una razón que no deforme la conciencia de realidad de las cosas.

Argumentar, para él, fue no dejar en paz las posibilidades para demostrar algo contra el silencio o contra lo que no es consecuente con la valentía del "profundizarlo". Ayudaba a que el otro se diese cuenta de un aspecto latente de la realidad y que, eso, le provocara depurarse a sí mismo, eliminarse prejuicios, o sea, construir sus propias ideas, sus propios criterios como una "simbiosis oracular" para alumbrar el conocimiento.

Se le condenó a muerte por el delito de "escudriñar las cosas celestes y subterráneas" y, además, de "corromper a los jóvenes" (he ahí que la religión siempre, desde el principio, ha sido reaccionaria para que nadie piense).
Aunque se defendió con bastantes pruebas de su inocencia y aunque se empobreció - en bienes - a costa de dar cultura a Atenas y aunque fue primordial para la base del pensamiento griego, de nada le sirvió, adelantándose con su vida-muerte incomprendida a lo que más tarde de forma parecida padecería Jesucristo, sin perdón y con desprecio a las palabras libres que no obedecen la sinrazón.

Por último, el mensaje de estos hombres - como él - era que el ser humano sólo se hace corruptible porque prescinde de valores que lo muestran coherente interiormente; por no corromperse será siempre un perdedor, pero hacia dentro siempre un ganador de su alma totalmente.


Lecturas apropiadas a este tema: "Apología de Sócrates" y "Critón" de Platón.
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Los sofistas y la retórica
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Cuando en el siglo VII a. C. apareció la polis griega, la ciudad-estado, asimismo se creó la cultura incentivada –por mecenazgo- y protegida, la cultura policéntrica: en el corazón de cada ciudad crecían los ciudadanos ya para una instrucción que no era exclusivamente la guerra porque, en ese contexto, trabajaban para dar un esplendor organizativo –de convivencia- utilizando los beneficios económicos que les llegaban de la colonización.

La ciudad-estado garantizaba, sin duda, una estabilidad para que la cultura se sujetara al fin en la ocupación diaria de aprender, en la vocación, en esa tendenciosa forma de vivir para que trascendieran los conocimientos, es decir, por medio del proselitismo, por medio de la “escuela”, por medio de la instauración de grupos se celebraba una particular transmisión de valores religiosos, éticos y políticos significativos para el futuro.

Sin embargo, lo más importante era que la actividad conjunta de todas estas escuelas incidía en la sociedad a modo de catarsis, a modo de “abrirse” intelectualmente despertando de seguida actitudes críticas, al contrastar las diferentes posturas que prodigaban más o menos retoricismos o demagogias o superficialidades en torno a la acción mítica sobre los seres humanos.

Entre los siglos V-IV a. C. se produce en Atenas el mayor mecenazgo de unos “profesores itinerantes”, de unos profesores-filósofos que ocupaban las plazas o el medio público para convencer a los demás con sutilezas retóricas –gracias a la erudición- de conocimientos o de valores que consideraban imprescindibles para el espíritu de la democracia o para la cultura ateniense.
Los había de todas las intenciones y, de ahí, el motivo que hasta hoy se les infravalore a los sofistas como meros “charlatanes” con escasa argumentación sólida; aun cuando animaban la actividad intelectual de su pueblo.

El sofismo, hoy en día, está cargado prejuzgadamente de connotaciones antifilosóficas; y es cierto, sí, pero sólo en parte.
El caso es que, la retórica o el a veces desmesurado montaje dialéctico de esos asalariados eruditos, sólo era una estrategia para influir a una conciencia o crítica comunitaria en pos de que se movilizara en una dirección u otra realzando, así, la tan necesaria dinámica política.
Eso ha permitido que, en política, cada cual tenga derecho a su verborrea porque sea aprobada o no por una mayoría; el que por lo menos sea lícito el hacerlo y el que las mentiras, subyacentes siempre en cualquier sociedad, sean ya expuestas o exhibidas ante los ojos críticos de todos librándose del miedo y de la hipocresía “ocultada”.

En efecto, los sofistas se mostraban a menudo como esos bufones dispuestos a distender un ambiente cohibido aunque, a decir verdad, muchos eran ya bufones de puro sin-remedio por los tópicos que no eran capaces de superar contra sus ignorancias. Algo que sí lo pudo lograr un eclecticismo posterior o tras “lo verosímil aristotélico”.

Es muy preciso señalar, con el objeto de que no siga una pertinaz confusión, que Sócrates se guió por una forma de pensar totalmente diferente, más individual y autocrítica, que nada tiene que ver con la naturaleza sofista aunque, sí, por supuesto, quería influir de la misma manera itinerante o pública a los jóvenes de Atenas. Pero él veneraba ya un código de conducta, carente de vanagloria o pedantería, además de que sostenía en su argumentación un método racional en donde no todo era válido, en donde se contaba con la posibilidad de contra-argumentación del otro, esto es, que podía por lo menos rebatirlo y... lo aceptaba.

Sócrates nunca se creyó un poseedor de la verdad, sino que buscaba la verdad a través del conocimiento; en cuanto a que nadie posee la verdad, solamente se llena de verdad –inevitablemente- defendiendo y construyendo, no con pocos esfuerzos, una coherencia sobre los conocimientos que busca y acepta o no de acuerdo a lo que existe. Sócrates, por ello, se enfrentó a los sofistas y les reprochó tanto la vacuidad de sus argumentos que seguían “de unos a otros” como la ostentación o el enriquecimiento que alcanzaban con sus misiones “didácticas”. Su pensamiento, o su integridad, estaba por encima de cualquier etiqueta.

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Nota:
El ser humano sólo alcanza las verdades que puede alcanzar (los millones de detalles que significaron "la revolución francesa" no, nunca, ni los kilos de hierba que comieron los dinosaurios).
En cuestión, sí, depende de una concreción, de cuál verdad en concreto queremos saber; por ejemplo, de si existieron los dinosaurios o no (y ahí ya no caben mitos, de ninguna manera, pues existe la probación sobre eso).
Desde luego, los mitos existen en la Historia al igual que todo (la manipulación, la censura, el humor, etc.) y, porque está todo lo que el ser humano implica, niega o puede hacer, hay que distinguirlo, separar unas cosas de otras. Así es, un médico no puede considerar o incluir en el historial médico de un enfermo que "le gustan las películas de acción"; digamos claramente que, en coherencia, se remite a lo que es racional de acuerdo con la verdad en el ámbito de la salud.
Los hechos que se cuentan históricamente pueden ir adornados de mitología, sobre todo los personajes; pero otra cosa es la probación de un hecho, de si existió o no el genocidio nazi por ejemplo. Y ahí no caben mitos, es una probación (verdad) de si existió o no. Una cosa es el mero relato o crónica y otra muy diferente lo probatorio sobre nuestro pasado.
Pues así es todo, hay que saber qué verdad se busca; y luego buscarla. Galileo no se encontró la verdad de "la Tierra gira" entre las manos o debajo de la cama, sino la buscó, es decir, se interesó por la verdad emplazándola en su quehacer diario.
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MANIPULACIÓN PSICOLÓGICA
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Antes de la aparición de la escritura el ser humano se expresaba -al igual que cualquier otro animal, pues expresaba vida, su nivel de conciencia de vida- gesticularmente con su cuerpo (1), con unos mínimos símbolos verbales y, además, con unas comunes -o menos comunes frente a los demás- actitudes socializadoras; pero cuando se sirve de la escritura en el milenio IV a. C., entonces, guarda sus expresiones, las exhibe y las recupera mnemotécnicamente de un día para otro. Es decir, cultiva -con un método o a partir de un método, con un sistema- su expresión verbal; es decir, desarrolla su expresión social (2); es decir, se motiva -surge la intención social- al comprobar que trasciende lo que conoce -que ya no es para sí- o que es valorizado más allá de él mismo.


La escritura, por eso, supuso el decisivo estímulo intelectivo en su inherente orden social -no individual- porque la evolución aquí comportara una amplitud de conocimientos sobre el medio; conocimientos que “ahora” se complementaban, que se aunaban favoreciendo, sí, una inesquivable capacidad de comunicar expresiones más conscientes: por constituir el conocer en su desarrollo una responsabilidad, pues, sólo a través del conocer más sobre algo se adquiere más responsabilidad, más dependencia cognoscitiva sobre ese algo.


Sin embargo, si el dolor se encuentra apegado -por consecuencia- a lo más elemental que vive -puesto que sólo en cuanto se destruye le afecta-, el ser humano no puede evitarlo en su ya nueva determinación consciente y, por ello, se duele, siente la soledad y la necesidad de contrarrestarla con la búsqueda del principio demiurgo de su existencia; claro: vinculado a un sentido antrópico de ése.


El ser humano, que es el que “se duele”, elige primero el remedio para sí, no precisamente para el Universo debido a que, él, necesita una devoción hacia algo que no sea humano -y sí permanente-, hacia algo que sí importa, hacia algo que identifica... humanamente.
El hecho es que la religión es connatural a la conciencia y los “dioses” habitan en la misma naturaleza que conoce el ser humano y, por ende, ya desde el principio simbolizaban el cielo, el Sol, el mar, el bosque, etc. No obstante, ocurrió algo que transformó la religión, alrededor del año 1000 a. C. nace en la ciudad persa de Backtriana el profeta Zarathustra, quien crea el mazdeísmo introduciendo un Poder Bueno atribuido a Ahura Mazda y un Poder Malo atribuido a Angra Mainyu; asimismo introduce los conceptos religiosos de Creación, de Primera Pareja Humana, de Santísima Trinidad, de Diluvio Universal, de Cielo e Infierno y de Libre Albedrío posteriormente utilizados por las religiones monoteístas: por el judaísmo, por el cristianismo y por el islamismo.


Para Zarathustra la maldad es un error ante la creación de un ser humano perfecto, puro; un error que debe subsanarse por medio de la “luz” que concede Mithra o su culto (Mithra ya es mencionado anteriormente en la India por los vedas).


Pero la religión se dirigía desde donde se controlaba en el poder: En las primeras ciudades sumerias el templo era el gran centro productor de riquezas, las cuales administraban unos sacerdotes supeditados a un líder religioso o “Señor”.
Así que, en el origen, religión y explotación fueron sinónimos, desde luego, correspondiendo al más poderoso la condición más divina -a la que había de obedecer- o que por “ley”ante el cual los demás tendrían que ser sumisos.
Y los sacerdotes siempre pertenecieron al más alto rango, a la aristocracia o nobleza, “ninguneando” el dolor de los esclavos en pro de una manipulación precisa para que unos vivieran mejor.


Al igual en la religión egipcia, el faraón y sus sacerdotes poseían la bendición segura ante el tribunal de Osiris empero, al resto, se les obligaba a obedecer de una forma u otra: con las abnegaciones o con los sufrimientos necesarios -aunque no reconociendo explícitamente que fueran sufrimientos, porque era...malo, en función de que había que estar contento “hacia fuera” en agradecimiento a los dioses y a los que comían un día sí y otro también por medio de ellos-.
La religión ideó, especuló y garantizó el sistema de privilegios que aún persiste; y, de hecho, tuvo que imponer un “miedo” o represalia tras la muerte para que todos lo consintieran.
El que ofrecía el sacrificio a los dioses de seguida, pues, se veneraba.
En los vedas lo preparaba el jefe, el padre de familia con la colaboración de un bramin; éste, un sacerdote especializado en la ceremonia del sacrificio, conocía “especialmente” la concepción panteísta del dios Brahma y, así, poseía los secretos de tal ritual al mismo tiempo que concebía perfecto un sistema de castas.


En fin, en el budismo se debía por regla ofrecer también sacrificios a los dioses y obsequios a los sacerdotes, aunque desde la pasividad, desde la no-acción para “no sentir” deseos, desde un estado inmunizado o extrapolado a ciertos sentimientos negativos -o a casi todos- para sentir un supersentimiento positivo y grandioso de paz con una forzada sonrisa eterna ante el nirvana.
El budismo, después, mediante la reforma del rey Asoka, permitió el “ilusionismo” dirigiendo al ser humano al ascetismo en el cual, tras ese aislamiento que restringe los deseos mundanos, se alcanza la paz: como una misantropía -y de hecho lo es- psicológica vistiendo o inventado la compasión con sueños o con ilusiones de meditación; es decir, negando -por el bien de todos- el que uno sienta su dolor porque se considerará un error el que lo sienta, ya sea de injusticia o de no tener su divina gracia meditabunda (¡ah!, y la que sienta el dolor de un hijo al parirlo está muy equivocada). Comoquiera que se defienda lo indefendible, el reformador Thong-Kaba en el siglo XIV le remitió- influido por cristianismo- al budismo una jerarquía semejante al monasticismo cristiano; con esto, esa religión redentora -como todas- ya cuenta con la adoración imprescindible a un jefe, a un hilo directo con la eternidad, a un Dalai-Lama y, a su vez, a todos sus rituales de meditación propios de él.


Siguiendo con las diversas religiones: Del mismo modo, en Centroamérica, los aztecas -aunque lejanos- también ofrecían sacrificios -humanos- a los dioses en beneficio de una particular condición guerrera de su imperio; y, en Sudamérica, los incas se guiaron por el poder teocrático de los intereses de su inviolable y supremo Inca. En la religión semítica el culto a Moloch en Asiria requería el sacrificio constante de niños y automutilaciones. En Grecia, el sacerdocio era exclusivo de la nobleza lo mismo que en Roma, en donde empezó siendo un privilegio de los patricios. En los celtas, los druidas impartían la justicia, la enseñanza y la curación desde la adivinación y también desde los sacrificios humanos. En China, el confucionismo deificó al Emperador como “Hijo del Cielo” y, el taoísmo, inducía a todos para beneficio imperial a la pasividad -al monasticismo-, a la no-acción, ya que la acción debería corresponder a los duendes y a los “genios” de la naturaleza.


Así que las clases sociales siempre se originaron por los tejemanejes de la religión (3), pero ésta manipuló el dolor y la insatisfacción -negándola- de los que la aguantaban y les aguantaban las injusticias: recurriendo a unos eficaces estados de positividad que siempre celebraba la resignación o el no hacer nada frente al poder.


La manipulación psicológica de los sentimientos, sin duda, ha constituido la verdadera base o apoyo de los que se pasaban la vida aconsejando mientras que ellos se reservaban muy bien sus privilegios u honores sociales; y consistía, bien, en inculcar que los otros sufrían por sus propios errores -ellos no tenían errores-, o sea, que ya en adelante no fueran tontos y se adentraran en la buena conducta que ellos les predeterminaban exterminando sentimientos o reconocimiento de hechos.


Lo importante, según los ascetas -y según algunos oportunistas psicólogos modernos- es que sigan unos consejos, que vayan para acá o para allá y, claro, con positividad -que significa sentir lo que ellos quieren censurando a quienes les digan lo contrario al margen de ese positivismo de nosequé-.


Bueno, otras veces se habla de un equilibrio con la prohibición de sentimientos a unos sí y a otros no, según convenga o según la moda; otras veces de un equilibrio exacto al de la naturaleza -que no puede existir, no, en cuanto que el ser humano conlleva intencionalidad ya sea con una religión o con otra, ya sea con una psicología o con otra, o con una cabeza o con otra-. Pero, ¡ah!, el ser humano es diferencia y reconocerlo como tal, individualmente, es reconocer al momento que depara su diferencia y la imprescindible autodirección de sus propios sentimientos, de su vida.


En definitiva, la religión ha manipulado con el conformismo el inconformismo que implicaba -en responsabilidad- sus errores, ha jugado con los sentimientos humanos para conseguir, tras tantas guerras que ha provocado, que aún no sean -de hecho- “todos” considerados como personas con los mismos derechos. Mientras se han muerto de hambre en algún lugar del planeta se les ha llevado imprescindiblemente religión, pero nunca se les ha llevado “por una vez por todas justicia” -eso no les produce tanto negocio o relevancia de poder-.
Cuando con constancia se multiplican las injusticias dan y darán publicidad a sus actos de bondad -sin embargo, de millones que se hicieron a través de la historia nadie los negoció así- y, al final, el fondo, el objetivo fondo es el mismo, pero descubierto ya un buen protocolo de “lavado de conciencia” que se sabe y se sabrá muy bien vender.

La mujer la sido la primera víctima de la religión: su desigualdad de derechos con respecto al hombre siempre ha sido dogmatizada por únicamente la religión en tanto que ni siquiera podía rebelarse ante tal aceptación o resignación porque, rígidamente, quedaba establecida como orden o mandato divino (contravenir a eso la mayoría de las veces significaba la muerte).
La mujer ha cargado con el calificativo de "débil" únicamente por consideraciones religiosas.

También, antes de que se decidiera la guerra de Iraq, curiosamente, no se manifestaron los resposables religiosos para que no se llevara a cabo; así es, pretenden luchar contra lo malo pero... le dejan paso, lo consienten.


(1) De forma especial con las manos; ya que las usaba sobremanera y, con ellas, los instrumentos desarrollaban “per se”, para él, todo un lenguaje simbólico de poder o de seguridad.


(2) El lenguaje es compartido o ayuda a que se supere la inteligencia por “simbiosis” o entre todos los que la comparten.


(3) Los fariseos vivían separados de los impuros o se permitió en la India que unos seres humanos, los parias, prescindieran de una consideración humana, como se hizo con cualquier esclavo durante toda la historia.

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viernes 23 de febrero de 2007







LA INTERPRETACIÓN
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El ser humano no interpreta la realidad -es una absoluta falacia-, sino que protagoniza la realidad.

Cuando ya abre la puerta de sus sentidos está en y con la realidad. Los pies están hechos funcionalmente durante milenios de años para andar y no interpretan los pies el andar, sino que se limitan a su función de realidad; igualmente los ojos; igualmente las neuronas.

El ser humano sustenta la realidad por sí mismo y, además, sustenta funcionalmente lo externo; una manzana le es ante todo una realidad funcional para su organismo "vivo", con representación o sin ella, le es obligado limitarse a esa función, porque es su comida, porque sencillamente le sustenta su realidad.


Se puede pensar equivocadamente que representa su realidad, no, ya es su realidad; la tierra que pisa no la representa, sino que obligatoriamente tiene que pisarla. Por lo que todo esto sirve fielmente como base: el ser humano no es un interpretador de una película de la cual se puede marchar, sino que él está dentro de esa película que lo sustenta y él mismo es un protagonista, uno más de esa película. (El término "película" no es aplicable a la realidad, pero sólo lo utilizo para hacer más fácil una comprensión.)



Ahora bien, el ser humano una vez desarrollado intelectivamente puede elegir una interpretación; porque la interpretación ya es algo que se elige ante un modelo o idealidad, que él determina sobre la realidad, que él pone, para acertar sobre la realidad o no acertar sobre la realidad. Si interpreta que la Tierra es el centro del Universo desacertará, si interpreta que él es movimiento y energía acertará.


Sin merodeos, "directo al grano", en cuanto se arriesga con su elección, la elección le exige conocimientos para no elegir lo que no existe, sino lo que existe. Por ello, si se interpreta que la evaporación causa la lluvia es porque eso existe; si no la misma realidad le dirá temprano o tarde que su elección no es consistente, no es existencia, para que busque lo que a bien decir existe -es decir le motiva, le encamina a poseer conocimientos-. La elección conlleva conciencia y atención (se elige aquello a lo que se le ha prestado previamente algo de atención).

Kierkegaard dijo que "la elección es una categoría ética"; pero más que ética es intelectiva, la elección es una categoría intelectiva, es una interpretación acertada o desacertada, es una verificación o no de lo que existe; ¡ah!, pero es necesaria si quiere encontrar verificaciones de realidad, si quiere conocer más que lo que anteriormente conocía, si quiere conocer a sus otros protagonistas o integrantes de la realidad -porque son verificados más que interpretados, son "reconocidos" en su conciencia una vez que tiene que aceptar irremediablemente de que existen.
La interpretación es, pues, una propuesta de búsqueda, es una presteza elegida al conocimiento que se explaya acertadamente una veces y otras no por lo que es verificable, consiste, consiste porque existe.

Un sentido nunca, totalmente nunca puede engañar porque, sencillamente, para engañar obligatoriamente debe haber una intención. Así que un sentido solamente... siente; otra cosa es que tú intencionadamente ya le engañes -que ya el problema añadido es tuyo- lo mismo que puedes engañar a tu familia, a Hacienda, a todo el mundo con tu cinismo y, como inconsecuencia total o locura enlocada, a tí mismo.


Notas:

I. El filósofo danés abordó la elección en un contexto sólo espiritual o de sentimiento existencialista al que estuvo "sometido" o condicionado para su aportación filosófica.
II. El término "protagonizar" lo utilizo en un sentido más próximo a "pertenencia": algo protagoniza algo porque pertenece a ese algo.
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martes 13 de marzo de 2007




MENOS CUENTO
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Un sentido primordial para la inteligencia es el sentido de la vergüenza, del ridículo mental ante los problemas reales que sufren unos y otros. Por eso, cuando el que lo posee piensa, advierte el contrasentido o no teórico-práctico al propugnar sus planteamientos.

Un político o cualquier otro ser humano que intenta gobernar debería, por supuesto, pasar por esta prueba: ¿lo que pienso sobre este problema lo pensaría igual si el problema lo tuviera mi hijo?, ¿y además lo pensaría si el problema lo tuviera quien odia a mi hijo? Y es que es así, créanme, algo se desinfecta el cerebro de prejuicios o, al menos, de algunas tonterías… peliagudas. Entonces, así, sería algo más imparcial y aprensivo en la proporción responsable de sus afirmaciones.

Algunos otros temas:

El respeto es en gran medida afectivo. Nadie puede decir que respeta a todos en la misma medida (sin embargo sí en los baremos que se han convenido de justicia social, que bien deberían ser para todos igual, en derechos humanos), a un asesino como al que no ha matado aún una mosca, a un desconocido como a una madre, a un dictador como a un trabajador humilde, es decir, hay muchos respetos en función de qué se hace, de cuál es la responsabilidad de cada uno y, también, de unos afectos propios, ineludibles.

Pero el respeto no ha de ser un respeto demasiado idealizado alcanzando en vanidad una desproporcionada estupidez: algunos llegan a respetar a un futbolista con tanta atención o veneración como a sus mismas madres; en efecto, llenan sus respectivas habitaciones personales de posters de uno al cual ni siquiera conocen y, de vez en cuando, se sobrepasan en levantarles la voz a sus madres que los aguantan, que aguantan sus porquerías mentales.

La educación sexual es muy importante, siempre es muy importante para amar mejor y en contra de los tabúes; pero se ha de hacer inculcando por encima de ella unos valores, los cuales concienciarán o advertirán a los jóvenes que con el sexo no se puede justificar la humillación o desprotección de una dignidad: el ir a una prostituta inmigrante, inmersa ya en problemas y en sufrimientos, para un beneficio exclusivamente sexual o... inhumano.

Los conceptos de amor, esperanza, angustia, consuelo, ternura, empatía, etc., son muy difíciles -por no decir imposibles- de cambiar porque no son constituibles, o sea no dependen de convenciones sociales, son de toda la vida, son inherentes o consubstanciales al hecho del vivir, existen en cuanto se viva. Sin embargo, algo muy distinto ocurre con nación, matrimonio, trabajo, estado, ciudad, etc., que sí son constituibles, o sea que se pueden diseñar de la manera que más convenga en virtud de un progreso lo más justo posible, sin discriminar a nadie.

La presunción de inocencia se ha de proteger siempre judicialmente en países como Bolivia, Cuba, EE.UU., etc. Porque es necesario culturizar a toda la sociedad con la presunción de inocencia como un valor; y, claro, no basta una prueba sola que se puede fabricar tendenciosamente, sino un juicio justo con las suficientes pruebas -si son de culpabilidad- irrebatibles.


La pena de muerte, asimismo, es un castigo de hipócritas y de vengadores que extermina una vida como finalidad sin duda, en tanto y en cuanto nunca se ha de desear un castigo judicialmente que no le desearías ¡nunca! a tu propio hijo, dado el caso.

Sobre la inmigración, los problemas sociales atañen a toda la sociedad y la inmigración lo es, es un problema social. Sí, su solución no se encuentra en manos de quien es inmigrante, ni siquiera en su propia resignación de pobreza, sino en las medidas que se realicen a favor -y no en contra o con pasividad- de una igualdad social, las cuales no eximirán a nadie de su responsabilidad individual frente a otro que es persona como él mismo, por empatía.



En cada país los ciudadanos pagan con sus impuestos soluciones y a nadie se le acaba el mundo si se destinan medios contra la insalubridad, contra el hambre y contra la analfabetización: tres grandes prioridades en el mundo.

Lo que pasa es que sólo con el dinero que se gasta en pornografía en España, por ejemplo, hay ya para construir bastantes escuelas en Haití, por ejemplo. En ello, o una cosa o la otra, no se puede decir que importa resolver los problemas más importantes si al mismo tiempo se practica la injusticia y con... orgullo.

O una cosa u otra, no seamos tan retorcidos -unos casi no lo son- a estas alturas de la civilización.

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viernes 23 de noviembre de 2007

UN TEMA SOBRE LITERATURA

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No debo dejarte pasar esta aclaración ( es una respuesta ):


La “ciencia ficción” no puede darse (desarrollarse) en la poesía porque, sencillamente, la ciencia (con ficción o no) “se explica”; así pues, tiene un discurso que ya detalla, que ya ambienta a un modo inesquivablemente racional, que ya cuenta primordialmente o es un discurso, un .... prosaísmo.
Lo que sí puede caber en la poesía (por su intento de falsearla o de desvirtuarla, sobre la base de que lo poético corresponde a la mayor autenticidad de la emoción) es la fingidez o la mentira.

Ahora bien, se debe aclarar que toda poesía derrocha activamente (gracias a la imaginación, el vehículo de las emociones) una obligatoria “mentira” con respecto al argumento; o sea, lo poético no está vivido “al pie de la letra” en... su argumento, sino sólo sentido (auténticamente) como una experiencia emocional.
Por ejemplo, lo que dijo Antonio Machado de Guiomar no lo vivió argumentativamente, no, sino lo sintió que no es poco; digamos que él, él, sintió unas emociones profundas en cuanto a ella: “la sintió”, estaba “poseído emocionalmente” de lo que significaba su realidad para él.
Asimismo, Lorca no vivió entre “duendes”, “jinetes”, “ángeles” u otros protagonistas imaginarios, no, ningún argumento en poesía “es real” al pie de la letra, real en... su imaginario sentimiento, sino sentido como experiencia íntima.

Por lo tanto la “mentira argumentativa” en poesía es inevitable y, además, necesaria para que sea posible o recrearse ya la imaginación.

Pero otra cosa muy distinta y reprobable es la “mentira de las emociones” provocada por un dejarse llevar por otros intereses ajenos a lo emocional, por ese escribir al gusto de una moda o de una corriente que “en peloteo” ha simpatizado con muchos medios de comunicación, por ese escribir de artificio reiterativo y no-original o no-creativo (pero que ya está muy apoyado o quizás que ya le interesa mucho a editoriales lo mismo que el morbo o lo mediocre a un tipo de televisión), donde el “interior emocional” (su autenticidad o su honestidad) se abandona, “se modela” para el gusto de un mercado, de un folclore oportunista o manido o que no viene al caso (a que el libre arte dependa de él), de un astuto artificio de imágenes demasiado ya tópico (o llevado automáticamente de unos poemas a otros como truco) que deriva, sí, no más que a lo sensiblero, a lo demagógico o a eso miserablemente más superficial (en el sentido de mediocridad) siempre y por desgracia en detrimento de una sublimación “bella” que se crea sólo en el “interior”, desde... el alma.

Por último, otro asunto no menos importante, que se descuida en estos tiempos de “informaciones por un tubo” y de tantas ligerezas, es distinguir “formalmente” la poesía (¡ah!, si eso no se hace, será lícito el “todo vale”).
Pues veamos: La principal diferencia entre lo que es el “contexto del verso” y lo que es el “contexto de la prosa” radica en la carencia a favor de uno (del verso) de un innegable proceso discursivo y ya muy característico a favor del otro (de la prosa).
En prosa, en efecto, todas las líneas se continúan (sin problema se pueden unir en continuidad discursiva, pues están transcurriendo “ahí” unos hechos, es decir, sólo esos hechos son “contables” en prioridad); en verso no, en su contexto sobre todo deben existir unos acentos tónicos del impulso emocional, una pausas intermedias, unos intermedios de “silencio subliminal” nunca iguales para el poeta (por un fluir anímico) ni iguales para el bien poético en cuanto que, estos, embellecen y concretizan “una” particularidad interior (un mundo interior ya muy particular, así es, que en claro en poesía sólo el verdadero protagonista es éste), consiguiéndose un ritmo o una especial armonía propia, muy propia de lo que es lo poético.
De ahí que la emoción, y lo que conlleva de ritmo (de ese ritmo aludido) y de no descuidada sutilidad, es lo más característico del verso a diferencia o por contra de la prosa ya tendenciosa más de un continuo... proceso discursivo.

Sí, Pessoa, para llamar la atención (como otros) habló de fingidez, pero la suya es una poesía de las más sentidas; quizás, eso es, se referió a ese argumento racional que vivió, contradictorio ya en la sociedad, absurdo, en cuanto que el argumento de una sociedad (por lo general y dependiendo de muchos intereses) es un mediocre argumento, fingido, hipócrita.

Y por supuesto que se puede hablar de prosa poética, de pintura poética, de gastronomía poética (adjetivando, no sustantivando), de política poética, de sexualidad poética, etc.; pero sin dejar primero de dintinguir o de dignificar, de una forma coherente u honesta, unos y otros... contextos.

sábado 27 de octubre de 2007

[ MALDITOS RENACUAJOS LOS DE ETA ]
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Malditos renacuajos los de ETA,
niñatos asesinos sin ternura,
van siempre devastando con holgura
no advirtiendo que en vida hicieron teta,

que les sudaron bien la camiseta
otros porque no hubiera sed oscura,
porque no vieran avenencia dura,
malditos renacuajos los de ETA.

Otros les ofrecieron todo y el alma
por darles luz, por enseñarles luchas
justas
que convirtiéronse en derechos.

Pero no tienen la prudente calma,
nada de ayer, tras sinrazones muchas,
nada de hoy; ¡oh!, ¡qué sombras!, ¡qué mal hechos!
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martes 23 de octubre de 2007

ARTÍCULOS "SUELTOS"

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LA CONTINUIDAD DEL PENSAMIENTO

Para que el pensamiento exista, para que su coherencia exista, el pensamiento sólo puede ser CONTINUIDAD; es decir, todo lo que existe, como actividad que es, continúa, sigue, se apoya en su acción anterior y asimismo al frente de su continuidad.
Por ejemplo, la adaptación de las especies es una acción sucesiva que "sucede mientras haya especies"; en fidelidad, eso es lo que dice o sustenta el pensamiento coherente, que sucede no para un lugar, no para un ser humano y para otro no, ya como un fenómeno aislado, sino sucede para la GENERALIDAD de "mientras haya especies".

Así pues, el pensamiento coherente no dice porque sí algo, para sí mismo, para ser aceptado o no: únicamente reconoce que eso es así, que sólo porque sucede algo... sucede y, por lo tanto, es innegable si se quiere considerar o hablar de lo que sucede, si se quiere defender o buscar de seguido un pensamiento coherente con respecto a lo que sucede.
Ya, de antemano, el pensamiento coherente se implica en la objetividad de ese contexto en pro de señalar que LAS COSAS ACTÚAN, o los elementos de ese contexto, DE DIFERENTE MANERA: el ser humano actúa más como un mamífero -sucede en esa capacidad o función-, la serpiente actúa más como reptil.

Según lo dicho, la objetividad hace evidente "lo imprescindible que conforma a algo", o hace innegable por lo menos lo primordial, lo que está sobreentendido -ya demostrado por todos los medios reales - como evidente: que cada hecho es capaz de unos efectos y de otros no.

La evaporación es capaz de producir lluvia y el jugar al ajedrez no es capaz de producir lluvia; ahí está ni más ni menos la objetividad.
Por ello, según una capacidad existe, o sucede, la objetividad que le corresponde, y como generalidad, no para uno sí y para otro no, ya sea porque se haya bebido un güisqui.

Al respecto, la objetividad existe porque sucede en y como respuesta a la capacidad, real; en claro: paradójicamente si todo estuviera fijo sí que no existiría la objetividad, ya que nada respondería a nada, nada consistiría en nada, nada sería por algo, nada se distinguiría en algo, nada podría suceder a algo, desarrollar algo (en cuanto a que el existir de algo es el desarrollarse de ese algo, constituirse, no lo fijo que no puede permitir nada, aun a sabiendas de que obligatoriamente ese imaginario fijismo tendría que haber sido formado por algo móvil, por algo que actúe obligatoriamente para formarlo).

Con esta aclaración, la objetividad no la forman pareceres, ráfagas de caprichos, aforismos mágicos que saltan del "porque sí" o vienen desde las nubes, ni siquiera entretenimientos de narcisismo o de iluminaciones "extrañas", sino que ya -en el suceder- está atendiendo o respetando o correspondiendo al comportamiento de la realidad de un contexto.
Más claro, lo aislado no existe en cuanto que supondría que está separado, condenado a no tener una "comunicabilidad", un acto, o una interacción.

Sí, por supuesto, todo sucede, pero sucede atendiendo a unas condiciones de suceder, no sucede al "ahí voy a ver qué pasa desde la nada", no sucede -de ninguna manera- sin suceder correspondiendo a las "condiciones que le delimitan".

Por consiguiente, lo concreto, eso que es ya una concreta capacidad de acción, se encuentra en la generalidad de los aspectos que lo permiten... ser concreto, es decir, para que algo se diferencie necesariamente responde a la generalidad de su contexto: un ser humano es generalmente un ser vivo, es generalmente un ser auto-alimenticio, es generalmente un ser constitutivo de una porción de agua, como ejemplos.

Comte no podría estar más equivocado en esto, frente a la evidencia de que cualquier fenómeno o hecho o suceso es un resultado derivado de generalidades que se dispensan o que actúan como capacidades en un contexto real, pues, la generalidad de adaptación no actúa para un león sí y para un avestruz no: es sobre todo una generalidad.
Entonces, con contundencia, la adaptación -como cualquier otra capacidad-, sí y sí, es una generalidad que los constituye.



(*) Defensores de un pensamiento aforístico o "aislado" eran Nietzsche, Kierkegaard, Schopenhauer, entre otros.





LA CONCIENCIA


La imagen percibida trasciende -memorizada-, pero el concepto cognoscitivo -simbólico, asociativo- aún más; sobre todo porque la imagen sólo trasciende a través del "medio" asociativo (en los seres vivos en general es el estímulo lo que se asocia).

La inteligencia humana "reduce" a través de conceptos algo real, pues algo real es objetivo de atención y lo añade a su experiencia inteligible. Por tanto, la inteligencia reduce, "codifica", sintetiza; como lo hace cualquier ser vivo con lo que le es estímulo, necesidad, conformación de sí mismo.
Progresivamente elabora su propia realidad, absoluta, única.

En claro, esto hace que la percepción sea selectiva previamente, es decir, queda determinada a sus condiciones concretas de necesidad a priori, con respecto a lo que el exterior -el entorno- le estimula y que le incita a evolucionar, a ampliarse, a adaptarse en suma.

Si se quiere entender: el hecho selectivo en la percepción es netamente una reacción, una adaptación obligada por criterios básicos de necesidad ante lo que el entorno ya "le da" sin atender a esos criterios, de manera sucesiva, "casual" o -mejor- incontrolable (Hume los consideraba hechos sucesivos o fenómenos; pero, en confusión, les negaba tal condición perceptiva, tal causalidad de la percepción).

Sin embargo, en el ser humano -algo propiciado por el lenguaje-, la reacción perceptiva se ha adecuado al concepto -al símbolo-, a la motivación conceptual, lo que le ha conducido a que sea dependiente, modelador y responsable de tal capacidad y en o por ese contexto: consciente.

Porque lo ha creado ya ha sido intención y, además, al mismo tiempo... comprensión -conciencia- paulatinamente de su propia obra, de su propio protagonismo.

Él es el que se protege con y de la realidad con una reacción perceptiva que concierne a cada una de sus emociones, que la enraíza y la determina en ellas al modo social; es decir este hecho le constituye una innegable "estructura a priori" que conlleva un condicionador y, ¿cómo no?, causal protagonismo -el que es inherente a la RESPONSABILIDAD-.

Por ello, no existe conciencia sin ser responsabilidad, sin ser propia conceptualmente e irgue de lo que conceptualmente trasciende exhortando un propio protagonismo emocional, de permanencia en "valores" morales o éticos.

Además, ya ser responsable desata o implica una discursividad de unos valores éticos ineludibles o, más claro, que tienden a cuidar la entelequia a la que están sometidos.

En la vida, el ser humano intenta mitigar emocionalmente las carencias que conceptualmente ha diferenciado, carencias que sólo tienen respuestas con lo que anteriormente ha concebido (estableció la paz contraponiéndose a la guerra, la esperanza para fortalecer el ansia por vivir, la justicia por dignificar las acciones hacia una óptima sociabilidad, etc.).

Todo ello porque está enmarcado en lo responsable o, en conclusión, que a expensas de una voluntad conceptual puede extenderse en lo que de responsabilidad implica, en conciencia.


NOTA.- La conciencia no preexiste a la ética, ni ésta a su carácter social.
SEGUNDA NOTA.- Aquí "reducir" no tiene el sentido de ocultar o de prescindir o de eliminación, sino de... adquirir o de asumir de una determinada manera (o sea, más en el sentido de transformación, que es propia de algo en un contexto).




LA MIRADA TRAS EL CONOCIMIENTO


Un conocimiento no depende de una mirada, sino de que exista primordialmente aquello hacia donde va la mirada.

Una vez de que se percata una existencia -un algo-, ya queda evidenciada fundamentalmente por leyes físicas, entonces en ese proceso "se distingue", a ella se le buscan sus diferencias, capacidades ya "propias"; y aquí no precisamente eso es el atribuirle matices -que equivale a mirarla individualmente-, sino más bien es: el detectarle propiedades o "virtudes" o "singularidades" de acción que equivale a... comprobarla, a verificarla, a confirmarla con su condición propia, con su contraste propio, en un contexto real.

Pero analicemos la mirada más o menos subjetiva:
Cuando una persona mira un cuadro, en realidad, ahí lo menos que ella hace es mirar puesto que, tan pronto como mira o incluso antes del acto de mirar –en cuanto que ella "ha ido a encontrar" un cuadro o al ambiente donde puede encontrarlo (*), en cuanto que el conocimiento busca realidad-, ya sabe que hay allí un cuadro, ya sabe lo mínimo necesario de cómo se pinta un cuadro, ya sabe de algunos modelos o estilos de estética, ya recuerda o evoca o se “instala” en unas emociones en concreto a la primera impresión que le ofrece el cuadro, ya imagina su autor, o sea, en definitiva es evidente de que recurre a mucho de lo que sabía –al “a priori”- mientras lo está mirando; por lo que esto deduce sobremanera que el mirar es una contrastación de lo que sabemos, una utilización, un uso bien o mal, más eficaz o menos eficaz, del conocimiento.

Ciertamente, el ser humano ya lleva su capacidad de pensamiento antes de mirar, y el mirar puede o no ayudar al conocimiento en función del potencial mismo de esa capacidad.
Por ejemplo, un buen arquitecto sabe cuáles son los elementos imprescindibles de cualquier casa y, antes de ver alguna, sabe que los tiene, en mejor o peor calidad, pero los tiene. En realidad, cuando mira alguna, ese mirar le ayudará a advertir ciertas mejorías o de cómo podrían ser eficazmente aplicados sus registros de conocimiento fundados, sobre todo, en leyes físicas de la arquitectura.

Cuando una persona mira a otra no mira su mirada, sino miran más bien sus conocimientos y, claro, muchos de ellos son en verdad exactos a los que los demás poseen; por lo que no son propios, individuales, "descubiertos" o atribuibles a un imaginario punto, sino son ya generales o comunes en un contexto real, digamos: para todos.

Cuando una persona mira a otra, que no la mira asimismo, sabe entre otras cosas que tiene que alimentarse y, de tal manera objetiva, que es indiscutible: es un organismo vivo que por el simple hecho demostrado de respirar lleva oxígeno a todas sus células y… se alimenta.
No obstante, aquí cabe la contra-demostración a esta evidencia, al menos la osadía o la locura del intentar demostrar que no respira, algo que equivaldría a decir que una persona puede perfectamente vivir con las vías respiratorias tapadas –la piel, la boca y la nariz- al igual que alguno también pretendiese demostrar que un coche puede funcionar sin ningún tipo de energía o que un burro puede llegar de inmediato a la velocidad de la luz. Eso está bien como fantasía, ¡ah!, pero si en este contexto eso no es así ni existe con la más mínima evidencia, pues no existe, pues no es real aunque esté inevitablemente compuesto por elementos reales -en distorsión-.

“Tal cosa no es así” dice el conocimiento en consecuencia trascendido a muchas opiniones, "no es así" sencillamente porque no existe –no es real- ni siquiera con una mínima –o con la “infinita” parte de ese mínimo- prueba o pequeña evidencia o indicio razonable.

Cuando Galileo defendió su teoría heliocéntrica, en ese momento, él contaba con que tal hecho advertido era posible –por demostraciones- y, además, sabía que no contravenía sino a... supersticiones, no a otras evidencias, sólo a atavismos sociales con el único sustento de derivarse de creencias "sagradas" o de sentimientos individuales o convenidos.
En fin, por ejemplo, su teoría no podría haber defendido lo siguiente: “El Sol no es el centro del Universo, por lo tanto no existimos”. Así, su descubrimiento tan sólo sumó otro conocimiento; que podría haber refutado algunas argumentaciones fáciles, por supuesto, pero no podría justificarse ni es posible racionalmente que un conocimiento -uno- pueda excluir a los demás cuando cada cual atiende a un aspecto singular o en particular e, incluso, pueden estar en contextos diferentes.


(*) Nuestra percepción tiene una predisposición a lo que va a encontrar, así cuando está en el campo sabe cuáles son las probabilidades de encontrar una cosa y no otra; es decir, "ahí", está más preparada para ver un árbol que para ver una ballena: está predispuesta o enseñada a ser consecuente -al margen de una voluntad más o menos consciente-.


Nota: Siempre hay que distinguir la "predisposición meramente biológica o instintiva" de la "predisposición cultural" (donde ya interviene lo social) y, estas dos, de la "predisposición emocional" (que suma a las anteriores pero, particularmente, está sujeta ésta ya al instante, sólo al instante que un ser vivo en impresión vive: a la experiencia).





TRAMPAS A LA COHERENCIA


Algunos memorizan automáticamente unos conocimientos sólo para que pasen un examen –porque no hay un examen de análisis- y, adecuados a lo fugaz, no perduran para ser utilizados a lo largo de la vida.
De vez en cuando se ha dicho, por ésos, que la certeza no existe meramente por apoyarse en un prejuicio, en un capricho o en un truco, al margen de la inteligencia coherente.
Por ejemplo, uno decía que nada es cierto “porque la belleza es pasajera”; entonces, según ese razonamiento, un niño no es cierto porque “es pasajero” y, al no ser cierto, se puede hacer lo que se quiera con él, ni una madre es cierta, ni un idioma, etc.; teniendo en cuenta que nuestras células, ya por durar un instante, nos permiten que seamos ciertos conforme a lo que nos corresponde de duración, para que sean ciertos además otros seres o todo lo posible "infinitamente" –no vamos nosotros a imponer nada-, por lo que merece un respeto en certeza, que eso es así: todo lo posible lo ha sido absolutamente y es posible en adelante porque con claridad… ya tiene la prueba de que ha sido posible.

Otro truco es hablar representado a muchos o a una comunidad, pues he comprobado que, cuando alguien quiere rebatirme y no lo logra, recurre a “eso ofende a mi país” - es tan sucio moralmente que el más sinvergüenza del mundo puede fácilmente usar esto-. Con el fin de ser importante a toda costa, ése, habla “como rey” representando no a él mismo, no a lo que es capaz de razonar –como debiera ser-, sino a muchos para nombrarles o buscarles si lo prefiere la “persona non grata” o enemiga a medida que se desarrolla su intolerancia o su estupidez. Algo que nadie coherente haría: nunca yo he hablado en nombre de España, de Andalucía siquiera, puesto que quién soy para representarles pensamientos a otros por manipularles. En esto, cada cual representa lo que dice o lo que quiera demostrar o no, o lo que siente.

Otro truco es considerar responsable a una persona de lo que otros hacen o dicen sólo porque su voz no está donde unos quieren; así tu voz no puede estar en Cuba porque serás responsable de lo que hace Cuba, ni en EE.UU., ni en Perú, ni en el medio tal, ni en un medio cual, ni en ningún sitio a excepto del que quieren “ciertos dictadores”; pero, si estuvieras donde esos quieren, otros ya te impondrían otro lugar. Así, a la palabra libre le buscan un camino dictado y es responsable paradójicamente por “estar”, no por "lo que dice".
En fin, a Jesucristo le hubieran castigado, por eso, a cada instante. Si vives en Mónaco ya alguien te puede acusar de esta manera: “Te acuso por vivir en Mónaco”. Si publicas en el diario EL PAÍS ya alguien te puede acusar de acuerdo a su locura: “Te acuso por publicar en EL PAÍS” y si, por "coincidencia" -o por "hecho simultáneo"- un columnista de EL PAÍS roba, tú también robas.
Respecto a esto, en mi artículo CEREBROS RETORCIDOS, dije cómo anda la cosa.

Otro truco es el manipular la realidad en cuanto a que se señalan aspectos diferentes de ella para excluirla como tal.
No es poco frecuente el evidenciar el tejemaneje que algunos se tienen entre las manos contraponiendo una parte de la realidad demostrada a otra parte de la realidad demostrada, no con una actitud de complementar la realidad -como lo hace cualquiera de sus integrantes-, de ayudarla –que sería el respetarla con coherencia-, sino con una actitud de desvirtuarla en su totalidad -de atacarla, como si se fuera "de antemano" a ganar una batalla, como... en las películas-.
Tan pronto como alguno "ve" algo demostrándolo, claro, siendo algo de la realidad, de prisa lo contrapone a toda la realidad, negando toda la realidad como gran error.
Y es que el egocentrismo siempre "hace sombra" a la inteligencia, no se puede dejar solo, pues desea válida una parte -la que a él le gusta- y, si no, el todo ya es falso como venganza, como contraataque de locura, como “pijada”.
No obstante, si un hecho es que un hombre viola a un niño y otro hecho que un hombre ayuda a un niño, los dos hechos… están, no se excluyen, sólo son diferentes; y no son puntos de vista, únicamente HECHOS. Lo que ocurre es que una persona -una en concreto- con su recurrido “punto de vista” se ofrece -elige- para señalar el primero; y otra persona -otra- se ofrece para señalar el segundo, bien sea por capricho, bien sea porque esté "ligado" emocionalmente a él, bien sea por ignorancia. Sin embargo lo más correcto sería señalar que, tales hechos, no se excluyen y que están al margen de "puntos de vista" -tanto uno como otro tienen dignidad de ser señalados o, al menos, de ser reconocidos como reales, igualmente reales-, por lo que sólo se demuestran como hechos que son.
Los "puntos de vista" sirven, en efecto, para lo psicológico, para lo social, para criticar modos de acción social o individual, como pareceres o recreaciones que son "subjetivas" o que conllevan una carga de emocionalidad porque, por el contrario, objetivamente, en un hecho sólo cabe el demostrarlo o el reconocerlo como... mínimo.
A veces sólo cabe aceptarlo de tan evidente. El hecho no es un "punto de vista", sino que el hecho puede ser utilizado por un "punto de vista" para cualquier fin -las emociones siempre tienen proyectos, "intenciones", sueños-.
Eso es lo que debe entenderse bien: Que un ser humano tiene cáncer es un hecho; al lado de esto, lo que puede pasar es que tal hecho puede utilizarlo un "punto de vista" para considerarlo un “demonio” por ejemplo si es un "punto de vista religioso" o "sectario", o un inepto o un infeliz si se acerca a las ideas de Nietzsche.
Hay que considerar que ya muchos intelectuales “se han vuelto locos” con esto de los "puntos de vista", sin dilucidar primero lo más mínimo sobre qué son: si verduras o cereales.

La objetividad, todo lo que existe en una acción o en la multitud que da un hecho, no tiene "perspectivas" -parcialidades o gustos o modas-, sino el reconocimiento de que ya es un hecho, ha sucedido primero y, luego, ya, ya se le montan "perspectivas" de cómo ese hecho afecta a los ánimos de la sociedad, a sus deseos, al cumplimiento de sus "sueños mitológicos", etc.
Por supuesto, hay perspectivas –pero sólo cuando, en una sola dirección, demuestran o proponen la objetividad- que ayudan a recomponer las partes del hecho, porque... lo intuyen, lo intentan lo más verosímilmente reconstruir con indicios "racionales".


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sábado 13 de octubre de 2007

ELEMENTOS DE LA REALIDAD

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Por voluntad a todas las personas les gusta exigir una responsabilidad, la exigen por aquí, la exigen por allá, porque… no todo es válido socialmente.
Un informador exige, en fin, al maestro de su hijo una buena educación; no que le diga que “la Tierra es plana” al no haber alguna prueba en ello ni tampoco que “los hombres y las mujeres no tienen los mismos derechos”. En realidad, ése, exige una veracidad, lo que está más cercano a la veracidad, lo que posee más pruebas de veracidad o lo que presenta una contundencia evidente de veracidad como lo absoluto de que “a él le es propia la voluntad”: pensar y sentir por sí mismo.

Así, nadie siente por él, nadie piensa por él, por lo que “él es él” se mire como se mire, se valore como se valore, se marche a donde se marche: es un absoluto ser, es un componente entre muchos que permite imprescindiblemente que un contexto exista como tal.
Para que exista la lluvia, por ejemplo, debe existir absolutamente agua, debe existir absolutamente calor que la evapore, debe existir después absolutamente un suficiente frío que la licúe. Luego... para que existan procesos, para que existan desarrollos, para que existan en definitiva existencias –acciones- son obligatorias “cosas imprescindibles”, absolutos, bases, propiedades, condiciones que sustentan ontológicamente el mismo existir. Y no es porque a mí me guste, sino porque es continuamente demostrable; siempre, para que exista un “algo” ha de existir otros “algos” por los cuales existe la acción, el movimiento, la diversidad, no un algo sólo fijo –que no podría existir al no accionarse como acto o hecho- sin movimiento.

Al par de eso, teniendo en cuenta que cada "cosa" –imprescindible- es un componente de la diversidad, no le puede ser un componente de sí y no a la vez, sino de sí, pues cada cosa es innegablemente absoluta: que sostiene a otras, que “hace que otras existan” por muy pequeña o despreciable que sea.
Luego si no pueden prescindirse las cosas, luego si no pueden restringirse, luego si son fundamentales y no sustituibles son absolutas para la realidad –aparte de que cuatro iluminados se hayan imaginado lo contrario-.

Claro, antes de cualquier sabiondo o equivocado meramente, las cosas son las cosas y presentan en sí su larga historia que las defiende, “sus existencias” gracias a que no les afecta la mentira de quien las niega gratuitamente en pos de sus cabreos, de sus celebraciones emocionales o de sus banalidades (si no reconoces el hambre, ¿cómo vas a reconocer a los que pasan hambre?; si no aceptas a tu madre, ¿cómo vas a quererla o apenas respetarla?; si no intentas CONOCER el paludismo, ¿cómo vas a "curarlo en ti" o evitarlo algún día?).

La cosa-en-sí no es algo que con sus elementos construye la realidad –al modo de empresa-, sino que sus elementos son fundamentalmente transmisores o congénitos de ella, puesto que son los antecesores, los que funcionan como base, como “a priori”, como “guía” ineludible.
Quiero decir, el ser humano no es una empresa que elige el material, que elige la realidad, que la dispone, que está muy por encima de ella, gobernándola, determinándola, reduciéndola, sintetizándola, no, más bien todo lo contrario: los elementos “ya predispuestos” en un contexto real derivan, proyectan, posibilitan ellos mismos con la ayuda de principios físicos “resultados” que, sin lugar a dudas, no “aparecen” caídos del limbo al ser “porqués”, conducción de “lo que hay”.
Por lo cual, “lo que hay” no lo conduce, no lo delibera un sujeto, sólo lo adquiere, lo conforma de… lo fundamental.
No existe un “epojé” que dirija el mundo, que mande, que se ponga por delante y por encima de todo excluyendo asimismo lo fundamental, no, nada es reducible cuando en realidad es intrínsecamente necesario, primordial o elemental.

Con sus capacidades el sujeto no constituye en verdad nada, no constituye al sujeto como objeto, sino es la propia realidad la que lo constituye como “resultado-sujeto” de la “exterioridad-objetos” en donde cada objeto es una potencial acción sobre él; esto es, el sujeto no es decisivo por sí mismo –con una varita mágica-, el que decide qué debe ser entre la realidad puesto que, en el fondo, no puede excluir nada de lo fundamental y absoluto que lo “hace” un resultado.

Las cosas no “aparecen” en el sentido de que la “aparición” se ha extraído desde un principio de lo mesiánico, mejor, de lo religioso, de lo mágico, de lo imaginario. Pues, así, ajustado al contexto epistemológico “aparecer” denota una acción separada, divorciada, de la realidad: aparece algo “de golpe” sin causa, aparece algo desde “otro mundo”, aparece algo que no se encuentra, que no se encuentra en la realidad.
Al igual ocurre con lo “aparente”: a todo lo que no se conoce bien se le llama “aparente” como ajeno a la realidad, extraño cuando, en realidad, no se conoce, no se reconoce aún su naturaleza propia en el devenir de la realidad.
En fin, las cosas no “aparecen”, ya estaban allí donde bien estaban. América no se le apareció a Colón, ni siquiera “de golpe” en tanto que sólo vio una isla no correspondiendo, claro, a todo el continente; vio primero una isla –que no significa conocerla-, mas luego, paulatinamente, fue comprobándola, digamos, acercándose a su… “más realidad”.

Otro ejemplo, cuando un ser humano conduciendo un coche ve a otro coche dirigiéndose a él en dirección contraria no ve “de golpe” una realidad, sino que “ya conocía” la realidad de conducir un coche, también de mucho de lo que implica conducirlo. Luego, todo ser conoce –“para serse”- absolutamente realidad antes de comprobar “más realidad”. En efecto no puede decir a lo loco o con retorcidas ideas de manipulación que no conoce en absoluto realidad, sino que conoce realidad de una forma infinitamente absoluta para actuar, porque… pueda actuar.
Veamos, ¿cómo ha de moverse algo sin conocer moverse?, ¿cómo puede existir algo sin conocer existencias?, ¿cómo puede un tonto volar si no existen los vuelos?, ¿cómo puede un médico curar si no conoce nada? Dejémoslo claro, ya existir supone una cognición o una inherencia cognitiva de las reglas de la realidad.

Cierto, toda acción sobrelleva el objetivo de actuar con aforo a sus disposiciones o condiciones reales: algo actúa porque algo de aquí, algo de allí y el carácter contextual sobre todo lo condicionan –lo enseñan, lo dirigen- para que sepa actuar. De manera que, siempre, las disposiciones que les ha dejado su “a priori” –ya hechos, ya acciones- son los objetivos de fondo de su realidad; quiero decir, los que absolutamente han sido realidad y su sustento.

Cada ser, cualquiera, HA CONOCIDO PREVIAMENTE para actuar a expensas de que es en sí mismo, “per se”, una morfonomía, una viabilidad de lo continuo, una delimitación –por principios del movimiento- para actuar: para un sujeto todo no le es “actuable” de la misma forma.
En virtud de eso cada ser no es su propio arquitecto, ni siquiera es una perspectiva particular de arquitectura, sino se remite a una arquitectura de orden general o existencial y, luego, contextual –en donde le son “suyas” también características, por influencias de acción, de muchos sujetos-. Por lo cual, un ser humano no es nunca una perspectiva –porque tendría que ser un ser plenamente independiente y fijo (1) que no existe-; correspondiendo a su interacción cognoscitiva posee tantas perspectivas como acciones posee acaparadas, “conocidas”.

Otro asunto es su perspectiva emocional; ahora bien, nunca ésta supone una única perspectiva, s